Humanismo Soka
Aunque era un día lluvioso, desde las calles de tierra de Glew se escuchaban las fuertes risas de la familia Piacenza, que disfrutaban de unos mates con azúcar mientras cocinaban. Sin embargo, como nos cuenta Ema, esto no siempre fue así.
Hace más de cuarenta años, antes de conocer el budismo, Ema estaba casada con Juan, su esposo hasta el día de hoy. En aquel entonces, entre ellos reinaba la discordia, llegando al punto de dejar de hablarse entre sí. Temiendo por la infelicidad de sus hijos, Ema sufría mucho por esta situación. Pero no era esto lo único que le ocasionaba angustias; desde su infancia sentía una profunda tristeza en su interior, como una «opresión en el pecho» o «depresión». Su ansiedad y su miedo a la muerte constantemente le despertaban pensamientos oscuros que le producían sufrimiento. Incluso cuando se sentía feliz, creía que esa alegría duraría poco, por lo que nunca se permitía disfrutar.
Nos cuenta que siempre en su rostro se reflejaba esa tristeza, hasta que un día de 1983, en una verdulería de su barrio, le transmitieron la Ley de Nam-myoho-renge-kyo. Desde aquel momento, comenzó a entonar el daimoku, e inmediatamente, por primera vez en su vida, sintió que esa opresión en el pecho encontraba alivio. Decidió entonces recibir el Gohonzon. Un rayo de esperanza iluminó su corazón, y se aferró con fuerza a la posibilidad de construir un futuro más brillante.
«Porque yo siempre pensaba todo negativo», cuenta Ema. «No me trae buenos recuerdos, pero sí me sirve para ver hoy que abrazo esta fe, que realmente se puede. Se puede, y fue maravilloso haber conocido esta filosofía porque puedo decir que para mí hubo un antes y un después total en mi vida. Pude desarrollar mi autoestima, sentir que puedo lograr lo que quiero, sentirme fuerte. Fue un cambio enorme».
Luego de invocar daimoku durante un tiempo, logró dialogar con su esposo. De a poco, fueron consolidando una unión cada vez más firme, que se convirtió en la base de la armonía de su familia. En aquel entonces, su padre se opuso a la práctica de Ema. Sin embargo, con la decisión de construir una vida feliz basada en la fe, ella se esforzó en seguir mejorando como persona cada día. Fue así que gracias a perseverar en la práctica y concretar cambios positivos en su vida cotidiana, toda su familia fue testigo de esa transformación.
Luego de un tiempo, incluso su padre pudo percibir el gran cambio que ella realizaba, y a partir de ese momento construyeron un vínculo sincero y armonioso.
Cada día, junto a Juan, se desafiaban en las distintas actividades de la Soka Gakkai, contribuyendo en todo lo que estaba a su alcance. A pesar de vivir a dos horas de distancia de la sede central de la SGIAR, constantemente estaban viajando para asistir a las reuniones que allí se realizaban. Durante diez años, Ema se esforzó en el coro de adultos, y, en 1993, cuando el maestro Ikeda visitó la Argentina, junto a los integrantes del coro se prepararon para obsequiarle una conmovedora presentación. También, como contaba con muchas habilidades en la costura, Ema se desafía como voluntaria hasta el día de hoy en los grupos Índigo y Orquídea, realizando manualidades y vestuarios para las actividades. Juan, sin quedarse atrás, también se esfuerza en el grupo de transporte. Su dedicación pura y sincera les permitió acumular la buena fortuna que brilló en forma de beneficios a lo largo de su vida.

Ema junto a sus hijos y nietos, segunda y tercera generación de integrantes de la Soka Gakkai.
En el año 2008, Ema y Juan sufrieron un accidente vial. Al verse expuestos a tan grave peligro, a partir de entonces tomaron dimensión sobre la importancia de la vida. Decidieron que aquel día sería un nuevo punto de partida, tomando conciencia a partir de la fe sobre la importancia y el propósito que tiene cada persona, desafiándose en alentar a todos a su alrededor.
Ema y Juan también tuvieron que afrontar un fuerte dolor: la pérdida de una hija cuando era bebé. Esta adversidad sacudió la vida de Ema. Entonces, pudo profundizar la perspectiva del budismo sobre la eternidad de la vida. Desde chica, había temido a la muerte. Pero gracias al aliento del maestro Ikeda y a abrazar la filosofía budista ahora se encontraba con una mirada esperanzadora. Comprendió que la vida atraviesa las tres existencias del pasado, presente y futuro, y que el estado de Buda inherente a todos los seres vivientes se manifiesta existencia tras existencia.

Ema junto a su esposo Juan.
A través de sostener su práctica de entonar Nam-myoho-renge-kyo y desafiarse en asistir a las reuniones de diálogo, fue capaz de construir a partir de este acontecimiento una profunda fortaleza en su interior. Atesoró en su corazón una frase de Nichiren Daishonin que expresa: «Sufra lo que tenga que sufrir; goce lo que tenga que gozar. Considere el sufrimiento y la alegría como hechos de la vida y siga entonando Nam-myoho-renge-kyo, pase lo que pase. ¿No sería esto experimentar la alegría ilimitada de la Ley?»1
Actualmente Ema reflexiona sobre este gran sufrimiento que enfrentó y nos comparte: «A través de esta vivencia, todo fue completamente distinto».
Con respecto a su salud, comenzó a enfrentar dificultades en su movilidad. Un problema en una rodilla la llevó a tener que realizarse varias intervenciones quirúrgicas. A raíz de esto, también sufrió infecciones de gravedad que la llevaron a realizar reposo por varias semanas. Pero, sin dejarse derrotar, tomó una profunda decisión: «Todos los días me lo digo frente al Gohonzon: hasta el último día de mi vida tengo que luchar por el kosen-rufu. Esa es mi decisión. Por y para los jóvenes, que son el futuro». También comentó: «y, cuando hablo del kosen-rufu, tiene que ver con nuestra sociedad. Si no hay un cambio social a partir de cada persona, no hay un mejor mundo». Ante cada problema de salud que fue surgiendo en los últimos años, nos cuenta que recibió la atención que necesitaba en el momento justo, de maneras a veces hasta inexplicables. «¡La fe abre los caminos!», afirma.
En su tiempo libre, Ema disfruta mucho de escuchar música. «Me encanta la música. Es como que me llena la vida». Nos cuenta que le gusta mucho escuchar pop, ¡y es comprensible al conocer su vitalidad y espíritu juvenil!
Valora profundamente a los jóvenes y siempre está buscando la manera de apoyarlos. «Cuando los escucho cantar, se me llenan los ojos de lágrimas», afirma. Les dice que lo más importante es decidir jamás en la vida alejarse de la práctica budista, de la misma manera que ella hizo durante su juventud.
Agradecida de haber cultivado, mediante su perseverancia en la fe, ilimitados «tesoros del corazón», Ema junto a Juan consolidaron una familia unida, armoniosa y feliz, en la que comparten mutuamente sus experiencias y los alientos del maestro Ikeda. Esto se refleja en el sincero diálogo y excelente relación que mantienen con sus nietos, lo cual Ema, con rotunda convicción, afirma que es un beneficio de la fe.
CITAS
[1] Los escritos de Nichiren Daishonin (END), Tokio: Soka Gakkai, 2008, pág. 715.